Las dimensiones de estas cuatro paredes eran demasiado pequeñas para mi. No podía respirar ni pensar con claridad. Mis pensamientos ocupaban el espacio de esta habitación y me encontraba allí con mi peor enemigo. Esa era yo. Yo misma me había puesto obstáculos, inmensas barreras, porque así sentía que lo tenia que hacer. Era mi mecanismo de defensa. Me protegía a mi misma del dolor. El dolor al rechazo o a sufrir. Temor a que te rompan mil veces más por dentro. Entonces es cuando prefieres aislarte, buscar refugio, porque piensas que la soledad duele menos que ningún otro sentimiento.
Hay cosas que no podemos decidir, y es cuando caes en las garras del amor, sin buscarlo ni quererlo, y no sabes que hacer o que sentir. Recuerdo lo primero que sentí al ver a ese chico. Fue algo diferente, Sentí un escalofrió que recorrió todo mi cuerpo. Ese chico me cautivó la primera vez que lo vi. Ya no era por su atractivo o encanto, era más que eso. Eran esos ojos café que me decían tanto y a la vez tan poco. Nadie me había hecho temblar con tan solo tocarme el hombro o simplemente con sonreír. Como quitarme de la cabeza esa sonrisa que con solo sonreír se me pasaban los males y esa sonrisa explicaba que todo iría bien.
Era un chico que llamaba la atención pero ese pelo moreno despeinado y sus labios carnosos eran de las cosas en que me fijaba siempre. Y de pronto cuando yo me fijaba en él, él empezó a fijarse en mi. En mis imperfecciones y virtudes. En mis ojeras que me salían cuando estudiaba durante toda la noche y él, al día siguiente me esperaba con un café en la mano regalándome su encanto. Le encantaban mis ojeras y entre otros aspectos que no pensaba que tenia o que le gustara a la gente. Y me ayudó a sentirme bien.
Hasta que poco a poco me fui apagando. Y es que no quería nada y sin querer me enamoré. Entonces fue cuando me dije a mi misma que no podía permitir otra vez tener el corazón hecho trizas pero me encontraba aquí en la habitación debatiendo. Pensando en lo que quiero o no quiero. Desgarrándome por dentro, Llorando sin césar. Era difícil tratar de dormir cuándo la mente no se calla.
De pronto escuché pasos que cada vez estaban más cerca. Podía percibir la respiración agitada y entrecortada de alguien. No quise abrir la puerta, me negaba rotundamente. No quería que nadie derribara las fronteras hasta que alguien, de pronto, derribó la puerta. En ese momento sentí como si alguien hubiera superado los obstáculos que yo misma me había puesto. Y lo vi a él, había sido él que se encontraba de pie agitado. Me miró, me sonrió y me dijo: "Todo ira bien".
No hay comentarios:
Publicar un comentario